viernes, 16 de julio de 2010

El Camaleón


EL CAMALEÓN

Hoy he vuelto a verle, con las gafas oscuras que lleva últimamente, pantalón vaquero cortado por las rodillas y camiseta de surfista. Tiene un aspecto saludable, y su piel blanca denota que no le da mucho el sol. Normal. Esta vez llevaba un libro por muleta. No he podido mirar el título, me hubiese gustado saberlo.


Hace tiempo que actúa solo. Su colega de trabajo, algo más delgado que él, pero con la misma cara de turista nórdico despistado, debe haber sufrido algún percance propio del oficio.
Por las facciones de su rostro, su pelo rubiejo y los ojos claros, debe ser de algún país del este, pero este es un dato meramente informativo. Me gusta la mezcolanza de razas en la sociedad en la que vivo.


Desde que me dí cuenta de su presencia, desde que le vi actuar, le llamo El camaleón. Y le llamo así porque se adapta a cualquier circunstancia, a cualquier situación. Durante los mundiales de fútbol vestía la camisola de la selección española y la semana del orgullo gay en Madrid, una camiseta rosa de pico y un pantalón corto amarillo. Entonces fue cuando se colocó las gafas de sol, grandes, oscuras, impenetrables, que no ha abandonado hasta ahora.


Debe estar siendo un verano fructífero para él.


Un detalle que les llamará la atención, es que a veces luce un tatuaje étnico en la base posterior del cuello, y a veces no. Les prometo que yo también dudé de que fuese la misma persona, pero comprobé el hecho: es un tatuaje de gena que no tiene otro fin que el de despistar al incauto que cree haber sabido quién y dónde.


Se las apaña igual de bien que cuando actuaba con su socio. No olvidaré jamás el metesaca que le hicieron a una de su víctimas nada más pisar el vagón. Mientras uno le ayudaba con las maletas, el otro le había abierto la mochila y cogido la cartera.


A eso se dedican El camaleón y su socio.


Unos artistas del desplume.


Actúan en la línea 10 de metro, preferentemente en Nuevos Ministerios, dirección Plaza de España, entre el primer y el segundo vagón. Son conocedores de la premura de los guiris y aprovechan sus prisas. Sus preferidos son aquellos que portan maletas con ruedas y llevan colgando el bolso con la documentación y el dinero. He llegado a ver como destripaban un maletín de cuero en unos instantes. No desechan otros objetivos, como esos bolsazos de mujeres que permanecen abiertos al riego o carteras en pantalones traseros.


Le miro y me mira.

Acero mi mirada y le da lo mismo. Él, a lo suyo. La última víctima sube en Santiago Bernabeu. Es un chico joven, delgado, moreno, sin afeitar. Me permito aventurar que es argentino o chileno. Lleva una enorme bolsa de deporte y una mochila de adidas®. Se sitúa junto a la puerta, en un hueco, la bolsa de deporte a sus pies y la mochila encima.

La mosca cayó.

No lo sabe, pero frente a él está El camaleón, mirándole detrás de sus gafas oscuras, tendiendo hacia su pecho la mano con el libro, invadiendo descaradamente ese espacio invisible que otorga la privacidad, mientras con la otra corre sigiloso la cremallera de la mochila.

Chisto, y ninguno de los dos me mira. Estoy demasiado lejos, y sólo los que están a mi alrededor cruzan su visión con la mía, casi de soslayo, como preguntándome de qué voy.
La mano bucea suavemente y él aprovecha cada vaivén del tren para posicionarse mejor. Pienso que se debe conocer de memoria cada giro, cada frenazo, que debe de tenerlos bien estudiados.
Grito "¡cuidado con el ladrón!", y siguen sin darse cuenta.

O eso creo, porque luego descubro que no, que El camaleón si lo había oído, porque saca la mano de la cueva, la mete en su pantalón y me dedica una amplia sonrisa. Pienso que le gusta tener espectadores al muy cabrón. No sé si lo ha conseguido o no.


El convoy se detiene.
Los dos bajamos en la siguiente parada, Nuevos Ministerios.
Siempre bajamos los dos. Yo para proseguir mi camino y él para colocarse junto a alguno de los guiris que tienen prisa y no quieren dejar escapar el abarrotado tren.
Bajamos y nos miramos.

Yo subo las escaleras mecánicas y él parece que va a hacer lo mismo, pero en un instante descubre otro grupo de turistas presurosos con las maletas golpeando los escalones de bajada hacia el andén del metro. Se fija en uno de ellos, me atrevo a decir que lo decide en una décima de segundo, se coloca tras él, se mete en el vagón, ocupa un espacio inexistente junto a la maleta utilizando sus hombros, se da la vuelta y levanta la cabeza.

Entre él y yo, que sigo subiendo las escaleras mecánicas, sólo hay un pobre guiri que suda como un pollo, con una mano sosteniendo una trolley de gran tamaño, la otra ocupada con una bolsa de mano y una mochila a su espalda. Las puertas del convoy todavía no se cierran y él ya sonríe sacando a pasear su mano izquierda.


Aunque no me crean, porque sus ojos están ocultos por esas gafas de sol y yo raras veces adivino pensamientos ajenos, sé que me está mirando, y sé que con esa mirada y esa sonrisa me esta dedicando su próxima actuación.


BACØ, 15 de julio de 2010


3 comentarios:

Voltios dijo...

bien relatado y denunciado.

el loco dijo...

Con este ejercicio de opbservacion, mezcla extraña entre realidad y inventiva no necesitamos que otros me cuenten historias.....

Estelita dijo...

Hola,

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