miércoles, 23 de junio de 2010

The party´s over, una columna de Isaac Rosa

“Es momento de que digamos a los españoles que va a haber que hacer sacrificios, que la fiesta se ha terminado, que no somos un país rico.” -Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid-



Por si nadie se lo ha dicho todavía, les aviso: la fiesta se ha terminado. Se acabó lo que se daba. No podemos seguir viviendo por encima de nuestras posibilidades. Hay que sacrificarse, ajustarse, apretarse el cinturón. Nada volverá a ser como antes.

¿Ha quedado claro? ¿Han interiorizado el mensaje? Repitan conmigo: “No puedo seguir viviendo por encima de mis posibilidades, tengo que hacer sacrificios.” Porque de eso se trata: de que pongamos en primera persona el mensaje machacón que nos repiten a diario, y que suena a estribillo de canción melancólica: la fiesta se acabó, traducción del The party’s over con que la revista The Economist sentenció a España. Sólo falta que lancen octavillas desde un helicóptero: “Rendios, la fiesta se acabó.”

De tanto repetir la misma canción han conseguido que se nos pegue, y la tarareamos como una de esas baladas ñoñas que nos ponen blanditos recordando viejas novias. Así, todos convencidos de que hemos sido unos derrochones y que ahora debemos pagar nuestros excesos, aceptaremos el sacrificio sin mucha resistencia.

Fue bonito mientras duró, ¿verdad? Sobre todo para los que de verdad disfrutaron la fiesta. Porque aunque nos quieran convencer de que todos estuvimos en ella, no todos lo pasaron tan bien. En la fiesta había reservados, zona vip, barra con primeras marcas para algunos; mientras la mayoría se daba codazos para conseguir una copa, y otros se quedaron en la calle, con el consuelo de hacer botellón a la puerta para hacerte la ilusión de que estabas dentro.

De repente se apagó la música, encendieron las luces, llegó la autoridad y dijo que se acabó, y que alguien tendría que pagar lo consumido y los destrozos en el local. A la mayoría se nos quedó cara de tonto al ver que los listos se habían ido sin pagar, y que nos tocaba aflojar el bolsillo a los demás, tanto si conseguiste pasar y bailar un rato, como si no te dejaron entrar por llevar calcetines blancos, o te tocó trabajar de camarero, o pasabas de fiestas pero no pudiste pegar ojo en toda la noche con esa música tan alta. Vaya resacón.

ISAAC ROSA, en su blog Trabajar cansa, para el diario Público