jueves, 22 de abril de 2010

"Harto de estar harto ya me cansé"

No deseo hacer de esta entrada una denuncia social, un encendido alegato contra las instituciones; hoy no. Resulta que estoy enamorado, sí ya sabéis: Enamorado hasta la médula. Otras veces lo estuve y cometí uno de los errores más típicos: Dar por sobreentendido que, puesto que el sentimiento existía, no necesitaba expresarlo. Pues ya no. Estoy harto de recaer: "jartito,jartito"
Hoy voy a decir a la mujer que amo, cuánto significa para mí tenerla. La altísima ternura que me provocan sus ojos, esa manera tan suya de acercarse a mi vida con pasos pequeños, cuidadosos -como el que entra en la habitación donde duerme un niño-. Hoy escribiré a la mujer que amo la carta que le debo. Le diré que
Pronto la tristeza dio paso a la melancolía, menos gélida pero igual de dolorosa. Nostalgia de no poder terminar los días juntos. Añoranza que lentamente construyó su nido cada viernes roto, en su ir y venir entre la realidad de tenernos y el mundo paralelo que se abría a nuestra espalda. Nos fiamos a los ojos y sin firmar nada que no pudiéramos sentir, decidimos andar cogidos de la mano.
Detrás de nosotros el tiempo se resquebrajaba. Podíamos escuchar ese sonido que provocan los muros más altos al caer. Era inevitable girar el cuello, mirar por encima del hombro aquellos edificios que entre nubes de polvo, se convertían en escombro. Eran casas habitadas. Había inquilinos con nombre. Ninguno de ellos indiferentes. Nombres nacidos del útero, de la sangre o conquistados en esas batallas que el amor plantea. Batimos pues los brazos para espantar la nube de ceniza, para que los nuestros no quedaran enterrados o cubiertos de lo mismo que nos asfixiaba. Es otro acto de amor. Abrir la carne para sacar lo que por dentro nos come, no puede significar más daño que las íntimas mordidas.
En ese punto estamos. Seguimos caminando acompañados de certezas que antes no existían. No un “antes” de los que generan fósiles, un tiempo que la historia pueda medir con sistemas probados. Es más un adverbio que llama a la improvisación, a la apuesta, a un salto al vacío que se aleja de lo tradicional con cada paso que damos. Estamos inventando calendarios, relojes. Con marcas en las paredes del sueño contamos extrañas horas, días que no empiezan con el alba ni terminan cuando los búhos pliegan sus alas. Aun así la lentitud con la que suceden nuestras cosas,  hace subir las lágrimas. Si no nos podemos abrazar, sentir el baño de la piel, una noche se convierte en el túnel de una eternidad que duele. Se generan vacíos abisales entre los huecos de los besos.
Hoy quiero decir a la mujer que amo, con mis labios de letra: Te quiero. Para que nada tenga que suponer, porque ya estoy harto de que el amor se sobreentienda.
Julio

1 comentario:

Brauls dijo...

Me encanta: ya estoy harto de que el amor se sobreentienda...
¡Bravo!