viernes, 12 de marzo de 2010

Sobre la decadencia del turno abierto de preguntas en las conferencias

.
El preguntador antañón, aquel que esperaba al final de las conferencias para formular alguna duda o pedir alguna matización al autor, se nos cae para siempre, retrocede, se muere. Ayer, en La Casa Encendida, tras la lectura que nos ofreció Juan Goytisolo, pude asistir al penúltimo capítulo de nuestra derrota. Fue cuando una chica pidió el micrófono y dijo:

–Bueno, la verdad es que yo no voy a preguntar nada a Juan. Sólo quería decir que el sábado día 13 de marzo hemos organizado un acto por la despenalización del top manta y queremos cubrir desde Callao hasta Sol con nuestras mantas. Os invitamos a todos a que os suméis a la convocatoria.

Tócate los huevos. Te viene Goytisolo desde Marrakech a Madrid y tú aprovechas el acto para convocar una manifa. Aunque claro, pensé más tarde, y por qué no. Por qué no iba a convocar esta chica una manifa, que al menos no esconde ningún interés personal sino al contrario, cuando muchos turnos de preguntas, hoy en día, parecen una mesa de debate entre Coto Matamoros y Belén Esteban.

Entre la fauna que está acabando con el preguntador de toda la vida está el preguntador de dónde vienes manzanas traigo, llamado así porque te puede salir en una conferencia sobre el cultivo de la sandía con qué opina usted del escudo antimisiles de la OTAN. Existe también el preguntador transiberiano, llamado así porque nunca se sabe cuándo termina su pregunta, entre otras cosas porque jamás se ha planteado hacerla, ya que sólo es un rodeo elegido para el lucimiento personal. Y luego está el preguntador combate, que es de traca.

El preguntador combate parte de un resentimiento incurable: no se explica por qué han llamado a fulano como ponente, y su único propósito es demostrar delante del público que él lo merecía mucho más. El preguntador combate ni siquiera hace un amago de pregunta: entra a discutir directamente con el conferenciante. Lo más bochornoso que he contemplado yo en este tipo de preguntador me ocurrió en una reunión de poetas jóvenes en el Puerto de Santa María, después del visionado de un documental sobre Antonio Machado, cuando un chico le saltó al director:

–Usted se ha equivocado. Debería haber utilizado la voz en off. Sobran planos largos y faltan cortos, sobre todo al final.

Toda esta ralea de preguntadores apócrifos han puesto al preguntador de toda la vida en una situación tan desesperada como la del tigre del Pacífico o el oso cántabro-astur. Hoy en día, el que hace una pregunta correcta y nada más queda como un perfecto analfabeto. Ello no quiere decir que nos hayamos rendido. Somos pocos pero tenemos las ideas muy claras. Algunos todavía preferimos abrir un blog para mantener alta nuestra vanidad antes que utilizar las conferencias para medirnos con el ponente y demostrar lo larga que la tenemos. Algunos aún acudimos a las ponencias porque respetamos y hasta admiramos al que las imparte. No hacemos preguntas o, si las hacemos, las formulamos con brevedad y con propósitos solamente dilucidatorios. Y cuando termina el acto no consideramos obligatorio acudir con adherencia de lapa a orillas del escritor para darle nuestros correos, libros autoeditados y las santas pascuas. Que esa es otra.


Batania - Neorrabioso
.

3 comentarios:

Mercedes dijo...

Te olvidas del preguntador que comienza su pregunta diciendo: "Yo soy..." "Yo también...". El preguntador que aprobecha la coyuntura para contar sus propias bondades, este me hace temblar.
Saludos.

LA FANZINE dijo...

odio a los que repiten constantemente, "pero es mi opinión, eh?, en mi opinión.. En fin
yo qué sé

Sociedad de Diletantes, S.L. y Casilda García Archilla dijo...

"Voy a ser breve: blablablablabla...
2 minutos pasas.... blblblblba
finalmente ¿?" y la pregunta no tiene nada que ver con el ponente